sábado, 12 de enero de 2019

Ajax, el Caballero Blanco



que no fuera, mamá, Persil,

        o Lagarto,
        mejor (mucho mejor)
        Ajax,
        y poder,
así,
hundir las manos, hasta los codos, en aquel tambor de harina olorosa,
        hasta encontrar al Caballero Blanco

        no sabíamos al gigantesco,
hazañudo
Áyax,
que se tarara después de que otorgasen, en juicio
con artería, las armas
de Aquiles
a Ulises,
tampoco a ese otro Áyax menor,
peor,
que violó a Casandra a pesar de que la infanta se había acogido al regazo
(in)seguro
de Atenea


trasladado torpemente a nuestro romance,
lo decíamos con jota
y acento oxítono,
y usábamos la prosa,
en lugar de los hexámetros,
y entraba en nuestros cuentos jineteando, con armadura medieval,
y no arreando,
carretero,
o apeado,
como los capitanes
tremendos
de Troya 

podía,
de todos modos,
mucho,
aquel hijo del jabón,
en el follón de la batalla que armábamos en el comedor,
mezclándose con indios y vaqueros, soldaditos
de la segunda guerra mundial,
y las fieras
y figuras de Astérix
que venían en los paquetes de los chicles Dunkin