que no fuera, mamá, Persil,
o Lagarto,
mejor (mucho
mejor)
Ajax,
y poder,
así,
hundir las manos, hasta los
codos, en aquel tambor de harina olorosa,
hasta encontrar
al Caballero Blanco
no sabíamos al
gigantesco,
hazañudo
Áyax,
que se tarara después de que
otorgasen, en juicio
con artería, las armas
de Aquiles
a Ulises,
tampoco a ese otro Áyax menor,
peor,
que violó a Casandra a pesar de
que la infanta se había acogido al regazo
(in)seguro
de Atenea
trasladado torpemente a nuestro
romance,
lo decíamos con jota
y acento oxítono,
y usábamos la prosa,
en lugar de los hexámetros,
y entraba en nuestros cuentos
jineteando, con armadura medieval,
y no arreando,
carretero,
o apeado,
como los capitanes
tremendos
de Troya
podía,
de todos modos,
mucho,
aquel hijo del jabón,
en el follón de la batalla que
armábamos en el comedor,
mezclándose con indios y
vaqueros, soldaditos
de la segunda guerra mundial,
y las fieras
y figuras de Astérix
que venían en los paquetes de los
chicles Dunkin