lunes, 17 de noviembre de 2014

lapurgademanolito

      cero

        Es lavatorio gracioso, que te quita del pecado
        primero,
        el de la demasiada curiosidad,
        y procura tu mansedumbre.

        Vale la “puerta
de los demás sacramentos”[1],
y te hace hijo de un cristo católico y franquista, criatura
de su Iglesia,
sujetándote a su Ley.

        Quisieron que fuera en la Pila muy milagrera         
de San Vicente Ferrer,
        máquina
profiláctica
que estorbaría mi muerte accidental.

        Yo recibía, con aquellas aguas que no eran
        de socorro,
        sino administradas con mucha ceremonia
        y solemnidad,
        el nombre
        divino
        de Manuel,
        el mismo de mi nuevo
señor
        (pero era para que repitiese
el de papá).

uno







el hierofante, distraído en el Libro, remojando las orillas
        de sus faldones
        en el Jordán
        (los cielos abiertos,
        o rasgados,
        la palabra adelantada de Juan Silvestre, el Otro,
        arriba,
        que conoce a su hijo),
        no nota la maravilla, algunos parroquianos tocados
        por su favor
        sí: mi tía Hermelina,
        detrás,
        sobre todo,
        claro (el mundo no ha ensuciado sus ojos: suyo-
es-
el-
reino),
        los pequeños,
        el Gelo, en brazos de su padre, mis primas
        más o menos veladas
        
       dos

      













         mitíamaría pone los ojos bobos,

beatos,
en el cielo barroco de la capilla,
        mi padrino, manolorrobredo, recela, me parece, algo, ¿no?
        Hay teatro de curas y monaguillos,
        y el sacerdote me eleva, dándome
        a su Dios.

        Detrás, algo distrae, y hace gracia, a dos mujeres que serían
        de mi corro,
        y que no recuerdo.

        Yo parezco, metido en mi ropón de bautismo,
        fantástica
pupa
sin sexo,
        un insecto
        extrañísimo
        y perplejo.

       tres y cuatro

      




        tres: agua
        va,
        y observan al crismado con interés,
        y divertidos,
        los padrinos,
        papá
        y mamá,
        latíahermelina,
        mis primas

        y cuatro: soy cristiano
novísimo,
y segunda vez mis primas, sobre todo
Juanita, ¿la ves
boquiabierta?,
han advertido algo, ¿no?, extraño, inquietante: epifanía
sin pájara (sí, es
hembra),
ni tardes
rotas,
ni tronadoras voces, eresmihijobienamadoblablablá


cinquet












no puedo saber si volaron caramelos
(¡padrinorroñosooo!): conozco
a mis padrinos,
a la abuelita Carmen,
a Juana Moreno,
a miprimamariajosé: sobre todo
quisiera saber a esa dama mágica que no sé y me va a tocar,
o me bendice (¡yuyu: yo, espantado,
berreo!)



[1] Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana o española.

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