martes, 27 de septiembre de 2016

índices escolares de nuestra generación

        
        yo no usé nunca (yo
        nunca supe)
        el plumier, la plumilla, el plumín,
        el tintero,
        el papel secante, la sal
de acederas,
        pero de párvulo,
        y con el padre Luis,
        y con el padre
        Ángel,
        y con el padremanuelmecández,
        nos sentaban dedosendós a un pupitre de madera oscura,
        recia,
        erosionada por el zumo agrio del aburrimiento,
        con una acanaladura (la tumba
        vaciada
        de un trasto)
        y un círculo
        hueco
        que no servía
        ya
(un agujero negro con un horizonte de sucesos
espantoso, el pozo
negro
de las cloacas de aquel edificio levantado para desastrarnos)
       
        aquel mueble fatigado, fabricado con piezas en desuso,
        rudimentarias,
        que estorbaban
        ahora
        la escritura y la caligrafía
cabales,
señala exactamente los años de una generación fronteriza, in-
between,
entre-esto-y-lo-otro,
al borde
de,
        que poblaba una extremadura
movediza,
marcada por mojones dudables,
        que empezaba la jornada escolar formando en el patio delante del vice,
        y todas las clases con un padrenuestro,
        y sufría encogiéndose de hombros, y hasta divertida, castigos
        torpísimos,
        desbravada por curas
        y militares,
        que fue la primera,
        sin embargo,
        que no hizo el examen de ingreso,
        ni el bachillerato,
        ni el PREU (por eso
somos algo borricos),
        y manejó,
        en quintocé, con César, nuestro maestro
        bueno,
        el estupendo Consultor, y utilizaba fichas modernas
y tontas
que no nos obligaban mucho

en aquellas aulas Franco roncaba
aún,
pero no era la bramadera verrionda del ciervo espléndido
en celo,
ni el murmullo de la digestión contenta del tigre, era
el sarrillo con moco,
tóxico,
de una alimaña terminal

las clases,
quizás,
que describen mejor aquella tierradenadie,
son las de inglés,
porque fuimos los primeros, también
en esto,
        en la historia de los Agustinos,
        que lo estudiamos,
        con el Davalillo,
        y mezclábamos
        en ellas
        un rosario anglosajón que desgranábamos en irreligiosa algarabía,
el holymarymotherofgodthelordiswiththee,
        con el lemontreeverypretty
        y el i-was-born-in-west-virginia-north-caroline-i-did-roam
de Joan Baez,
en el magnetófono norteamericano del sacerdote con apellido
de demonio
travieso

salimos (pero no saldremos
jamás)
al mundo
con estropicios que nos incapacitaban para la vida,
pero defendimos nuestra felicidad en el patio doble del colegio,
en los quioscos de sus orillas,
en los futbolines de la esquina gamberra marvá-
albacete,
en las destartaladas tabernas, y en las cafeterías
pijas,
que lo rodeaban,
en los tebeos márvel,
en el Astoria, en el Price, en elcinejerusalén,
en las partidas de un póquer cursi
y sentimental



        

sábado, 24 de septiembre de 2016

arqueología (es, casi, geología) del pupitre

hacía el moco sedimentado,
fósil,
en el casco de aquella galera que paleteábamos desmanotados,
y que no llevaba a ninguna parte,
nuestro pupitre
antiguo,
digo,
armado en astilleros terribles con el propósito de domesticarnos,
el caracolillo del miedo
y del tedio
de los párvulos agustinos que lo marearon antes que yo,
y que echaría,
con su peso,
la pobre barca
a pique
(y andamos desde entonces
esto
hundiendo las chirucas en la horrura de sus fondos)

        

viernes, 16 de septiembre de 2016

passing shot

yo me empecé en el tenis con Manolo Orantes, Manolo
Santana, Joan Gisbert, todos
de  punta en blanco, y en blanco
        y negro, y era un deporte
cortés,
de gentilhombres feos, con raquetas de palo,
que saludaban con sus enormes dentones la dejada,
el globito del rival,
y sólo corregirían al juez de silla si se equivocase a su favor,
recreo de ingleses
con club,
que decían,
por no ofender, thirty -      
love,
trocando el cero por amor,
y pensé, tonto, que la vida sería,
también,
así

        

martes, 6 de septiembre de 2016

de soldado confederado


es fotorreportaje que Vicente Giner hizo el 8 de febrero de 1964,
en su estudio del 12 de la calle Victoria, en Valencia
del Cid

yo tenía dos años y pico,
y me retrataron en el traje algo desarreglado por los accidentes de la guerra
de los Confederados,
con sombrero de ala ancha, panyolet, botas, y pistolón
colt
al cinto

        parezco además, por la torpeza de don Vicente, ángel
        vegetal,
        con alas de verduras

        por los galones del uniforme veo que no paso,
vayapordiós,
de cabo

        siempre he preferido a los Confederados,
        porque los apellidaban,
        también,
        Rebeldes,
        porque se habían criado en las musicales orillas de un ama negra
        y ensuciaba con sus sentidos mocos su correo cursi
        y embustero
        una beau del Sur,
        porque me gustan los nombres de fulanas de reyes
        prestados,
        Georgia,
        las dos Carolinas,
        o graciosísimos, Mississipí,
        Te-
ne-
sí,
        de los Estados que defendían,
        sobre todo
        porque perdieron