hacía el moco
sedimentado,
fósil,
en el casco de
aquella galera que paleteábamos desmanotados,
y que no
llevaba a ninguna parte,
nuestro
pupitre
antiguo,
digo,
armado en
astilleros terribles con el propósito de domesticarnos,
el caracolillo
del miedo
y del tedio
de los
párvulos agustinos que lo marearon antes que yo,
y que echaría,
con su peso,
la pobre barca
a pique
(y andamos
desde entonces
esto
hundiendo las
chirucas en la horrura de sus fondos)
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