domingo, 22 de febrero de 2015

miprimeracomunión

        

        una vez confesado (serían pecadillos
        idiotas),
        el padre Manuel Mecández, que era
        además
        mi tutor en 2º C,
        me convidó a un almuerzo
        divino
        y comunal

éramos, todos, chicos, sólo había una nena, pobre, sería
        la hermana de alguno de mis compañeros: iban,
casi todos,
de marineritos,
yo,
no,
preferí llenarme del hijodediós en hábito
de sacerdote,
vestir la sotana, con cordones
y sandalias
(la ropa, como el calzado,
me estorbarían en el partido de fútbol que improvisamos
luego
en el patio de los Agustinos)        
        




recibí, con aquella moneda
de harina
maravillosa
que alquilaba una casilla
        en el cielo,
        estampitas (con ángel macho, panadero,
        y angelica con bodega),
        una sortija que sellaba, con mis iniciales, mi contrato
        nuevo,
        y un reloj que decía las horas en el siglo

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