una vez confesado (serían pecadillos
idiotas),
el padre Manuel
Mecández, que era
además
mi tutor en 2º
C,
me convidó a un
almuerzo
divino
y comunal
éramos, todos, chicos, sólo había
una nena, pobre, sería
la hermana de
alguno de mis compañeros: iban,
casi todos,
de marineritos,
yo,
no,
preferí llenarme del hijodediós
en hábito
de sacerdote,
vestir la sotana, con cordones
y sandalias
(la ropa, como el calzado,
me estorbarían en el partido de
fútbol que improvisamos
luego
en el patio de los Agustinos)

recibí, con aquella moneda
de harina
maravillosa
de harina
maravillosa
que alquilaba una casilla
en el cielo,
estampitas (con
ángel macho, panadero,
y angelica con
bodega),
una sortija que
sellaba, con mis iniciales, mi contrato
nuevo,
y un reloj que
decía las horas en el siglo


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