no el ciprés
meapilas,
misticón
de Silos,
tampoco
el limonero que
madura, para siempre, en “un huerto claro”,
o el olmo
jodido,
¿ni siquiera
los álamos-
del-
amor?, bueno,
éstos
sí,
que soy un
sentimental,
menos aún “la
noble encina”, con su “verdura
grave”, ni el
roble, “árbol
patrio”, aunque
su patria la desarman sus diminutivos
en -iño : yo,
en mi ruzafa
con cuentos,
crío el
algarrobo, porque es de estatura mediana, y se deja
trepar,
porque su corteza es “cenicienta,
y tira algo
a cerúlea”,
y tiene flor que “no tiene
hojas”, “sólo
(…) cinco
cabecitas”, y,
en el centro de
su corro,
“un pezoncillo”
que da teta
al fruto
envainado que hará la golosina del macho del tío Juan,
en el corral de
Turís,
y el suelo crujiente,
movedizo,
oloroso,
de la cambra que usaba para
apartarme,
y el chocolate que valía para
nuestra merienda, para la tuya,
qué cosas,
también,
mimaridesa[1]
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