no bordean el
Duero, “entre San Polo
y San Saturio”:
estos otros
álamosdelamor no eran de palo,
sino de
hormigón,
pilares que no
sostenían nada, como no fuera
el cielo del
terrado de Cibeles,
que hacía la
cabaña de nuestra pandilla
en la playa de nuestro verano
primero: allí,
en la corteza de
una de aquellas vigas que aseguraban
qué,
escribimos,
con uno de los
trozos de yeso que salpicaban el suelo (restos
de la
albañilería que había levantado el edificio),
nuestros
nombres de enamorados
nuevos,
pollos,
Desa y Manuel
(Manuel
y Desa)
unos años
después construyeron, en aquella azotea,
estudios,
y aquel chopo
de cemento esconde para siempre,
secreto,
la cópula
adolescente de nuestros nombres
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