sábado, 31 de diciembre de 2016

cotillón

fue (otra) enseñanza, con ilustración
        práctica,
        de papá,
        que puede uno (que debe
        uno)
        (des)gobernar las horas,
        y los calendarios, (des-)
        montarse la fiesta como a uno le venga en gana

        armado,
        la Nochevieja,
        de cuchara
        y perol,
        sonaba las doce que marcaban el final de aquel año hacia las diez y media,
        y nos tomábamos las uvas (los más inútiles
y delicados
deshuesadas
        y peladitas)
        que valían milagros,
        sin esperar al Reloj
        hortera
        de la televisión

        así,
        nosotros hemos ido empezando algunos años
        nuevos
        adelantándolos o no, según
        vinieran
        el sueño
y la paciencia,
        y sin mirar mucho la especie de la fruta venturosa, acuérdate
        de los gajos de mandarina en un pub de Londres,
        de los cacahuetes de Península Valdés

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