lunes, 19 de enero de 2015

numismática tonta


        no eran dinero,
ni servían: valían las monedas (las dos maneras
de chavos,
        las de dos reales, tonsuradas,
        las rubias
más o menos sucias,
con las caras menguantes
        de Franco, parece, burlaban las coplas, un requeté,
        o un coronel,
        y el pajarraco en el otro lado del espejo,
        las de dos cincuenta, de cobre, grandotas y morenas,
        los duros,
        las de cien pesetas, de plata, de las estrenas)
        mis juguetes
       
        practicaba una numismática, creo yo, neurótica:
        no se me daban nada la antigüedad,
la ceca,
los metales
de la perrada:
miraba, en sus dibujos estropeados, en sus orillas
gastadas,
sus historias privadas: eran,
en fin,
aquellos menudos,
la calderilla que alimentaba el jukebox de mis fantasías,
to see if it would play my favourite tunes


miércoles, 14 de enero de 2015

dudosísimas carreras de galgos



        lo mismo que pasa con otras cosas,
        no sé si esto lo encuentro en el fondo
        del almacén
        dudable
        de la memoria,
        o será invención interesada,
        que conviene a los cuentos que me cuento
para armar lo que soy,
        pero me parece que me llevaban,
de pequeño, a las carreras
de galgos

en el depósito poco autorizado de Google
veo que el canódromo estaba en la Avenida del Puerto,
y que los perros empezaron a correr detrás de una liebre
de pega
meses antes de que yo naciera

recuerdo también, o fabulo,
el disparo motor, el asustado
conejo
mecánico,
las prisas de los chuchos con dorsal
numerado, con sus hipidos,
el ruido
nervioso
de los que apostaban su suerte
mezquina
a un galgo

no están papá y mamá, y otros,
que podrían certificar
esto,
pueden
poco

faltan los que guardaban estos documentos,
mis notarios,
los fieles de fechos que pesaban
las monedas
que daban realidad
a mis historias: sin ellos
se vuelven éstas inciertas,
hijas
naturales

de la fantasía

domingo, 4 de enero de 2015

cocheras



éste, el dofín blanco de papá,
esto, un milquinientos, eso,
un motocarro,
        esto, el tiburón,
        eso, un Dodgedart,    
y esto, un mercedes benz, éste,
simpático, el huevo,
y ésos, un ochocientos cincuenta
        y un seiscientos, eso,
        un erreocho, esto,
un volkswagen (ni siquiera tenían,
        huy, apellido),
        éste, el doscaballos
del tío Ángel
       
        sabía,
        de pequeño, decir
los coches,
        hoy no,
        sólo el chevrolet negro
        que gasto,
        y que preferí porque Don Mclean
        llevó el suyo hasta la presa (estaba
        seca) para anunciar la muerte
        de la música, y por darme aires
        de gángster
        a lo ridículo

        entonces
        podía
        aún
        nombrar
        la gente
y las cosas que llenaban mis mundos
más o menos verdaderos,
        ya
        no