fueron, creo, mis dos héroes
primeros,
en
el blanco y negro de la Philips
encerrados
en ripios, era Locomotoro
“conductor de
todo menos del codo”,
y parecía,
el Capitán
Tan,
“un rataplán”
podían
¡tanto!:
Locomotoro
(¿de verdad me titulaba
su “amigüito”?)
fijaba los zapatos, y se inclinaba
hacia
adelante,
hasta
tocar el suelo con las narices; y yo
seguiría
al Capitán Tan, con su sombrero de explorador,
en sus “viajes
a lo largo
y
ancho
de
este mundo”
yo
imitaba a Locomotoro, que se me mueven
los
mofleeeetes,
y
a la abuelita Carmen le hacía gracia (¡lo clava
el nene!), a
mamá
no,
que
recelaba que me amariconase
y
prefería,
entre todas
las canciones que fatigaban los Chiripitifláuticos,
en su programa
de Antena Infantil, aquella
algo triste,
de
“había
una vez”,
que contaba lo
de aquel barquito chiquitito que no podía
que no podía,
y que yo
soñaba marear




