si se llegaban a Alicante mareando, por el malecón,
traían a los
pequeños “juguetes
y turrón”
nunca
fue
así:
los papás
escondieron
esta primera posibilidad
mejor,
y nos recibían, la mañana
de la Epifanía,
cantando,
y silbando,
el segundo pareado,
que nos desastraba,
los Reyes
vinieron
por la
Montañeta
y a Manuel (o a
Eva, o a Marta, o a Carlos) le trajeron
un montón
de puñetas
era
chufla, higa
para hacernos rabiar,
como el carbón
de azúcar
en las orillas de nuestros
presentes
ignorábamos,
o he olvidado,
el Malecón,
y la Montañeta
valía el Levante
fantástico, la habitación, con
almacén
y botica,
de Gaspar,
Melchor y Baltasar
las navidades
últimas, que quise pasar más despacio, con Desa,
en Alicante,
descubrí que la Muntanyeta había sido
verdadera,
que embarazaba
el crecimiento de la ciudad,
que la
desmontaron
no: cuando se
empieza
el 6 de enero
bajan
aún
los Reyes Magos
(bajan papá
y mamá)
con el oro,
el incienso
y la mirra,
a regalarnos

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