“‘…y
¿de qué sirve un libro’, pensó Alicia, ‘sin dibujos o conversaciones?’”[1]
papá
hizo caso de Alicia,
y para
iniciarme en la lectura me compraba tebeos,
el Pumby,
la colección Dumbo, con sus lomos grises, con brillo,
los tomacos de Películas de Walt Disney,
y de Hanna Barberá,
Astérix y Obélix,
algún Tintín,
uno
de Lucky Luke
todavía gastaba
pantalones cortos cuando me regaló estos otros libros
más seriotes, eran
dos vidas ilustradas,
la de Cristóbal
Colón, la de Aníbal
Barca
en casa de mi primo Gelo leía El Jabato,
El Capitán Trueno,
El Guerrero del Antifaz,
las Hazañas
bélicas
luego, ya
por mi cuenta,
busqué los cómics Marvel,
sobre todo
Los Vengadores, que traían las aventuras de La Visión,
el androide
melancólico
que me repetía
los mundos
fantásticos que visitaba venían,
¿ves?,
en viñetas:
hablaban,
y cavilaban,
los personajes que los poblaban,
mediante bocadillos: fueron,
mis primeras historias,
historietas
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