miércoles, 12 de agosto de 2015

de tebeo

        


“‘…y ¿de qué sirve un libro’, pensó Alicia, ‘sin dibujos o conversaciones?’”[1]

        papá
        hizo caso de Alicia,
        y para iniciarme en la lectura me compraba tebeos,
        el Pumby,
        la colección Dumbo, con sus lomos grises, con brillo,
        los tomacos de Películas de Walt Disney,
        y de Hanna Barberá,
        Astérix y Obélix,
        algún Tintín,
uno
        de Lucky Luke

        todavía gastaba pantalones cortos cuando me regaló estos otros libros
        más seriotes, eran
dos vidas ilustradas,
        la de Cristóbal Colón, la de Aníbal
Barca

en casa de mi primo Gelo leía El Jabato,
El Capitán Trueno,
El Guerrero del Antifaz,
las Hazañas
bélicas

luego, ya
por mi cuenta,
busqué los cómics Marvel,
sobre todo
Los Vengadores, que traían las aventuras de La Visión,
el androide
melancólico
que me repetía

        los mundos fantásticos que visitaba venían,
        ¿ves?,
        en viñetas: hablaban,
y cavilaban,
los personajes que los poblaban,
mediante bocadillos: fueron,
        mis primeras historias,
        historietas

       



[1] Lewis Carroll, Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, cap. 1.

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