domingo, 31 de mayo de 2015

¡a (de)formar!


éste debe ser el propósito
cabal
de la gimnasia
mejor: desentumecer el cuerpo, desperezarlo, soltarlo,
que pueda gozar el mundo físico,
dedicarse
al juego

gobernaban la nuestra, en los Agustinos, militares
en chándal, suboficiales (¿o serían tenientes,
capitanes?) con segundo empleo, civil
y apático,
la leche
mala
y pito reglamentario

se hacía
en el patio, que ahora no era
        de recreo,
        sino horroroso

        todo, el uniforme del colegio
(los pantaloncitos azules, la camiseta
        roja),
        la tabla,
        las vueltas al campo de balonmano (¡el flato, el flato!),
        los aparatos (el caballito, el potro, el plinton
tremendo,
que nunca supe, me daba tanto miedo, saltar)
        servía para sujetarnos
y desbravarnos

        usábamos como vestuario el huerto del convento vaciado,
        arruinado,
        de las monjas,
        y no había duchas: católicos
y acomplejados,
nos lavábamos la cara y las manos en el bebedero,
y nos poníamos, por vergüenza, la ropa
de calle
encima del uniforme:
el tufo que apestaba
después
el aula,
en clase de inglés, o de geografía,
y la roña,
y la memoria de nuestras indiferentes rendiciones,
y del tedio,
        calaban nuestra naturaleza, desastrándonos para la vida
       

        

sábado, 30 de mayo de 2015

comulgabas con qué

        era pasto maravilloso,
        tremendo,
        que repetía, ése, digo,
del pan ázimo: eructabas,
y el regüeldo te dejaba en la boca un regusto al Dios católico,
preconciliar


jueves, 28 de mayo de 2015

clerigalla


        verbenea en mis años primeros
        y segundos
        la frailería, “concurso”
        de muchos sacerdotes, o, por usar (lo ordena
        la propiedad)
        los latines,
        Religiosorum multitudo[1]

        pertenecían,
        todos,
        a la Orden de los Agustinos,
        y gastaban cinturón de cuero y el título
        extrañísimo
        de “padres”

tenían sus habitaciones, que yo soñaba
        horrorosas,
        en el último piso del Colegio; los había visitadores, por poco
caseros, que papá vigilaba su salud
y mamá los regalaba
        en el comedor,
        elpadrecástor, elpadremanuel(álvarez); otros
        fueron
        mis tutores,
        en la EGB,
        hasta Cuarto,
        elpadreluis, elpadreángel, elpadremanuel(mecández);
        a éste, en la Parroquia de Cristo Rey,
le confesaba mis pecadillos, para que pudiese darme,
luego, almuerzo
        divino;
        éstos, arremangándose las faldas de las sotanas negras, jugaban
        con nosotros
        en el patio, al fútbol;
        el Vice terrible hacía la centinela de los pasillos;
        el padre Flecha recitaba, con ademanes felinos, Bamba
        avanzaba por la jungla
        si-
gi-
lo-
sa-
men-
te;
el Padre Mateo (mateofeomateofeo)
nos mareaba con las historias
        turbias
        de Ulises (mandaba a sus marineros que lo atasen,
        que las Sirenas)
        y de Santa María Goretti (lo que tuvo con su primo hermano
        peor);
con el Pagola, en el sótano, hice, burro, barros
        y otros trabajos anteriores a la tecnología;
        elpadrehilario
y el Davalillo me enseñaron el inglés que me sirvió,
        después,
        de oficio,
        y que me distrae mucho,
        mucho; en COU exploré con muchísima curiosidad,
        con Amador,
        la Filosofía,
        y la Historia con elpadreatienza

        hicieron, ¿no?, mis padres (capones) segundos,
        o terceros,
        más o menos amables
               






[1] Diccionario de Autoridades.

viernes, 22 de mayo de 2015

el-rey-de-los-monos

        


        fui tarzán esmirriado, de piscina, con bañador
        de patitos
        y huevo de corcho verde a las espaldas: repetía
        exactamente
        su falsete
        famoso
        y selvas fantásticas me saludaban: acudían sobre todo
        el elefante macho que jineteaba y los monos
        de mi corro,
        los que me apellidan
        y titulan

        ¡otra vez tener, como en-el-principio, habitación
        y patio de recreo
        en los árboles,
        mona
        faldera,
        a Jane desmayada en mis brazos!


domingo, 17 de mayo de 2015

estrellas nuevas


Estrellas nuevas. Son aquéllas que en ciertos tiempos han aparecido de nuevo en el Cielo, y después han dejado de verse.”[1]

        ésas, digo, que pensábamos fijas, clavadas
        en el firmamento,
        y eran
nada más
nuevas:
farolillos que alumbraron nuestros cielos, y sujetaron
nuestro suelo,
y se apagaron
luego,
desastrándonos




[1] Diccionario de Autoridades.

sábado, 16 de mayo de 2015

delirio de Puck


es el-sueño-de-otra-noche-de-verano de Puck,
el duendecillo gamberro que sigue
con torpeza
en los teatros
a Oberón, Rey de Tierra de Hadas

con un cuchillo papá descarnaba la sandía,
le vaciaba los ojos,
la boca,
colocaba una vela encendida en su garganta,
le ataba unas cuerdas, que sirvieran de asidero,
y hacía el estrafalario cabezón nuestro lazarillo,
la noche inquietante,
bruja,
de sanjuán,
y
luego,
siempre
ya,

en lo oscuro

miércoles, 13 de mayo de 2015

amanosseta

       
            


que fuera la vida así, amanosseta,
con un televisor (¿Philips,
Telefunken?) que sólo daba dos canales, éste
y el ú-hache-efe,
que buscabas
mimando
con el pulgar y el índice
un botoncico blanco que tenía en la espalda,
amanosseta, como el Ultramarinos de Manolo (era
cojo,
dices,
yo no me acuerdo), en Turís,
enfrente de casa de la tía Hermelina
(sólo me importaban de él las barras de chocolate redondo
que tú llamas de Filiberto,
envueltas en papel), amanosseta,
        como el aeropuerto de Manises
de cuando éramos pequeños,
        con sitio solamente para un avión
        a la vez
y una cafetería que servía para nuestro recreo,
        facturar con facilidad, pasar
        una aduana amable, sin estorbos,
        llegarse hasta la escalerilla del aparato a pie,
paseando por la pista,
        saber que a la vuelta recogerás,
seguro,
las maletas (¿cómo iban
        a perderse?)
        en una especie de hangar que sólo guardaba las de tu vuelo,
amanosseta, el colegio
a dos manzanas, amanosseta,
la redención, y el cielo
asegurado
otra vez
el domingo, después de confesar tus pecados (¡eran
todos
veniales,
tontos,
pobret!)
y comulgarte,
en Cristo Rey,
amanosseta, digo, el papá,
la mamá,
la tía María ahí,
ahí


        

domingo, 10 de mayo de 2015

alabanza de la llisa

        pues yo, ¿ves?, prefiero
        la llisa

        no porque viajen
        en sociedad

        porque son peces
tontos,
desdentados (¡mis pececitos mellados!),
de aguas mezcladas,
turbias,
podridas
(pero se entran en la mar para montarse
desahogadamente,
secretos)

porque se banquetean en las colonias de algas,
y en la basura de los fondos fermentados

porque saltó “propria
en la barca” de Cristóbal Colón en su primer viaje
de descubrimiento,
mientras entraba en el Puerto que había titulado
“de la Concepción”,
y fue el primer “peçe
que pareçiese a los de Castilla”,
familiar,
en las Indias, y fue
en viernes,
el 7 de diciembre de 1942

también porque Arnaldo Pellicer, mi tataradeudo
fantástico,
heredado
en Valencia,
ganó de su señor, el rey Jaime I,
escudo
partido,
y pinta éste en la izquierda, “el pescado llamado
llisa”,
de azur,
puesto en un palo,
y,
en la derecha,
tres fajas de gules,
y las dos partes con fondo
de oro

sobre todo porque me acuerdo de mi tío Ángel,
preparando pasteta,
con harina,
y alguna vez salí con él,
a coger llisas,
en una barca de albufera, en el estany
de Cullera

(sobre todo porque es pescado despreciable,
de pobreto,
que papá comía con muchísimo gusto)

jueves, 7 de mayo de 2015

usos de las clases medianas valencianas

costumbres de la burguesía más o menos pequeña,
        en Valencia,
en los años sesenta: íbamos
        al aeropuerto
        familiar,
        de andar por casa,
        de Manises,
        a tomar el aperitivo,
y a ver cómo despegaban, o aterrizaban, los aviones,
como tontos, o paletos, oooooh,
o bien allí al lado,
al Hotel Azafata, que tenía
para los críos
unos columpios donde me disloqué un brazo y me hice,
para siempre,
cobardica
       
        y qué cosas, ahí,
        ahí,
        y en las tortugas huecas, de piedra, de la Glorieta,
        y en los Viveros,
        y en el tiovivo de la Gran Vía,
        y en Monte Picayo (tirándote por el gigantesco tobogán,
jugando entre las mesas de la cafetería, 
o con el cangurito
        de plástico,
        rojo, azul, amarillo,
        que el camarero plantaba, como una bandera,
entre el hielo y la rodaja de limón de la coca-cola),
        estarías
        también
        tú
        alguna vez,
        y no nos sabíamos