éste debe ser el propósito
cabal
de la gimnasia
mejor: desentumecer el cuerpo,
desperezarlo, soltarlo,
que pueda gozar el mundo físico,
dedicarse
al juego
gobernaban la nuestra, en los
Agustinos, militares
en chándal, suboficiales (¿o
serían tenientes,
capitanes?) con segundo empleo,
civil
y apático,
la leche
mala
y pito reglamentario
se hacía
en el patio, que ahora no era
de recreo,
sino horroroso
todo, el
uniforme del colegio
(los pantaloncitos azules, la camiseta
roja),
la tabla,
las vueltas al
campo de balonmano (¡el flato, el flato!),
los aparatos
(el caballito, el potro, el plinton
tremendo,
que nunca supe, me daba tanto
miedo, saltar)
servía para
sujetarnos
y desbravarnos
usábamos como
vestuario el huerto del convento vaciado,
arruinado,
de las monjas,
y no había
duchas: católicos
y acomplejados,
nos lavábamos la cara y las manos
en el bebedero,
y nos poníamos, por vergüenza, la
ropa
de calle
encima del uniforme:
el tufo que apestaba
después
el aula,
en clase de inglés, o de
geografía,
y la roña,
y la memoria de nuestras
indiferentes rendiciones,
y del tedio,
calaban nuestra
naturaleza, desastrándonos para la vida



