costumbres de la burguesía más o menos pequeña,
en Valencia,
en los años sesenta: íbamos
al aeropuerto
familiar,
de andar por
casa,
de Manises,
a tomar el
aperitivo,
y a ver cómo despegaban, o
aterrizaban, los aviones,
como tontos, o paletos, oooooh,
o bien allí al lado,
al Hotel Azafata, que tenía
para los críos
unos columpios donde me disloqué
un brazo y me hice,
para siempre,
cobardica
y qué cosas,
ahí,
ahí,
y en las
tortugas huecas, de piedra, de la Glorieta,
y en los
Viveros,
y en el tiovivo
de la Gran Vía,
y en Monte
Picayo (tirándote por el gigantesco tobogán,
jugando entre las mesas de la
cafetería,
o con el cangurito
de plástico,
rojo, azul,
amarillo,
que el camarero
plantaba, como una bandera,
entre el hielo y la rodaja de
limón de la coca-cola),
estarías
también
tú
alguna vez,
y no nos
sabíamos
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