verbenea
en mis años primeros
y
segundos
la
frailería, “concurso”
de
muchos sacerdotes, o, por usar (lo ordena
la
propiedad)
los
latines,
Religiosorum multitudo[1]
pertenecían,
todos,
a
la Orden de los Agustinos,
y
gastaban cinturón de cuero y el título
extrañísimo
de
“padres”
tenían sus
habitaciones, que yo soñaba
horrorosas,
en
el último piso del Colegio; los había visitadores, por poco
caseros, que
papá vigilaba su salud
y mamá los
regalaba
en
el comedor,
elpadrecástor,
elpadremanuel(álvarez); otros
fueron
mis
tutores,
en
la EGB,
hasta
Cuarto,
elpadreluis,
elpadreángel, elpadremanuel(mecández);
a
éste, en la Parroquia de Cristo Rey,
le confesaba
mis pecadillos, para que pudiese darme,
luego,
almuerzo
divino;
éstos,
arremangándose las faldas de las sotanas negras, jugaban
con
nosotros
en
el patio, al fútbol;
el
Vice terrible hacía la centinela de los pasillos;
el
padre Flecha recitaba, con ademanes felinos, Bamba
avanzaba
por la jungla
si-
gi-
lo-
sa-
men-
te;
el Padre Mateo
(mateofeomateofeo)
nos mareaba
con las historias
turbias
de
Ulises (mandaba a sus marineros que lo atasen,
que
las Sirenas)
y
de Santa María Goretti (lo que tuvo con su primo hermano
peor);
con el Pagola,
en el sótano, hice, burro, barros
y
otros trabajos anteriores a la tecnología;
elpadrehilario
y el Davalillo
me enseñaron el inglés que me sirvió,
después,
de
oficio,
y
que me distrae mucho,
mucho;
en COU exploré con muchísima curiosidad,
con
Amador,
la
Filosofía,
y
la Historia con elpadreatienza
hicieron, ¿no?, mis padres (capones)
segundos,
o
terceros,
más
o menos amables
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