que fuera la vida así, amanosseta,
con un televisor (¿Philips,
Telefunken?) que sólo daba
dos canales, éste
y el ú-hache-efe,
que buscabas
mimando
con el pulgar y el índice
un botoncico blanco que tenía en
la espalda,
amanosseta, como el Ultramarinos de Manolo (era
cojo,
dices,
yo no me acuerdo), en Turís,
enfrente de casa de la tía
Hermelina
(sólo me importaban de él las
barras de chocolate redondo
que tú llamas de Filiberto,
envueltas en papel), amanosseta,
como el
aeropuerto de Manises
de cuando éramos pequeños,
con sitio
solamente para un avión
a la vez
y una cafetería que servía para
nuestro recreo,
facturar con
facilidad, pasar
una aduana
amable, sin estorbos,
llegarse hasta
la escalerilla del aparato a pie,
paseando por la pista,
saber que a la
vuelta recogerás,
seguro,
las maletas (¿cómo iban
a perderse?)
en una especie
de hangar que sólo guardaba las de tu vuelo,
amanosseta, el colegio
a dos manzanas, amanosseta,
la redención, y el cielo
asegurado
otra vez
el domingo, después de confesar
tus pecados (¡eran
todos
veniales,
tontos,
pobret!)
y comulgarte,
en Cristo Rey,
amanosseta, digo, el papá,
la mamá,
la tía María ahí,
ahí

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