miércoles, 13 de mayo de 2015

amanosseta

       
            


que fuera la vida así, amanosseta,
con un televisor (¿Philips,
Telefunken?) que sólo daba dos canales, éste
y el ú-hache-efe,
que buscabas
mimando
con el pulgar y el índice
un botoncico blanco que tenía en la espalda,
amanosseta, como el Ultramarinos de Manolo (era
cojo,
dices,
yo no me acuerdo), en Turís,
enfrente de casa de la tía Hermelina
(sólo me importaban de él las barras de chocolate redondo
que tú llamas de Filiberto,
envueltas en papel), amanosseta,
        como el aeropuerto de Manises
de cuando éramos pequeños,
        con sitio solamente para un avión
        a la vez
y una cafetería que servía para nuestro recreo,
        facturar con facilidad, pasar
        una aduana amable, sin estorbos,
        llegarse hasta la escalerilla del aparato a pie,
paseando por la pista,
        saber que a la vuelta recogerás,
seguro,
las maletas (¿cómo iban
        a perderse?)
        en una especie de hangar que sólo guardaba las de tu vuelo,
amanosseta, el colegio
a dos manzanas, amanosseta,
la redención, y el cielo
asegurado
otra vez
el domingo, después de confesar tus pecados (¡eran
todos
veniales,
tontos,
pobret!)
y comulgarte,
en Cristo Rey,
amanosseta, digo, el papá,
la mamá,
la tía María ahí,
ahí


        

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