domingo, 31 de mayo de 2015

¡a (de)formar!


éste debe ser el propósito
cabal
de la gimnasia
mejor: desentumecer el cuerpo, desperezarlo, soltarlo,
que pueda gozar el mundo físico,
dedicarse
al juego

gobernaban la nuestra, en los Agustinos, militares
en chándal, suboficiales (¿o serían tenientes,
capitanes?) con segundo empleo, civil
y apático,
la leche
mala
y pito reglamentario

se hacía
en el patio, que ahora no era
        de recreo,
        sino horroroso

        todo, el uniforme del colegio
(los pantaloncitos azules, la camiseta
        roja),
        la tabla,
        las vueltas al campo de balonmano (¡el flato, el flato!),
        los aparatos (el caballito, el potro, el plinton
tremendo,
que nunca supe, me daba tanto miedo, saltar)
        servía para sujetarnos
y desbravarnos

        usábamos como vestuario el huerto del convento vaciado,
        arruinado,
        de las monjas,
        y no había duchas: católicos
y acomplejados,
nos lavábamos la cara y las manos en el bebedero,
y nos poníamos, por vergüenza, la ropa
de calle
encima del uniforme:
el tufo que apestaba
después
el aula,
en clase de inglés, o de geografía,
y la roña,
y la memoria de nuestras indiferentes rendiciones,
y del tedio,
        calaban nuestra naturaleza, desastrándonos para la vida
       

        

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