yo
no usé nunca (yo
nunca
supe)
el
plumier, la plumilla, el plumín,
el
tintero,
el
papel secante, la sal
de acederas,
pero
de párvulo,
y
con el padre Luis,
y
con el padre
Ángel,
y
con el padremanuelmecández,
nos
sentaban dedosendós a un pupitre de madera oscura,
recia,
erosionada
por el zumo agrio del aburrimiento,
con
una acanaladura (la tumba
vaciada
de
un trasto)
y
un círculo
hueco
que
no servía
ya
(un agujero
negro con un horizonte de sucesos
espantoso, el
pozo
negro
de las cloacas
de aquel edificio levantado para desastrarnos)
aquel
mueble fatigado, fabricado con piezas en desuso,
rudimentarias,
que
estorbaban
ahora
la
escritura y la caligrafía
cabales,
señala
exactamente los años de una generación fronteriza, in-
between,
entre-esto-y-lo-otro,
al borde
de,
que
poblaba una extremadura
movediza,
marcada por
mojones dudables,
que
empezaba la jornada escolar formando en el patio delante del vice,
y
todas las clases con un padrenuestro,
y
sufría encogiéndose de hombros, y hasta divertida, castigos
torpísimos,
desbravada
por curas
y
militares,
que
fue la primera,
sin
embargo,
que
no hizo el examen de ingreso,
ni
el bachillerato,
ni
el PREU (por eso
somos algo
borricos),
y
manejó,
en
quintocé, con César, nuestro maestro
bueno,
el
estupendo Consultor, y utilizaba fichas
modernas
y tontas
que no nos
obligaban mucho
en aquellas
aulas Franco roncaba
aún,
pero no era la
bramadera verrionda del ciervo espléndido
en celo,
ni el murmullo
de la digestión contenta del tigre, era
el sarrillo
con moco,
tóxico,
de una alimaña
terminal
las clases,
quizás,
que describen
mejor aquella tierradenadie,
son las de
inglés,
porque fuimos
los primeros, también
en esto,
en
la historia de los Agustinos,
que
lo estudiamos,
con
el Davalillo,
y
mezclábamos
en
ellas
un
rosario anglosajón que desgranábamos en irreligiosa algarabía,
el
holymarymotherofgodthelordiswiththee,
con
el lemontreeverypretty
y
el i-was-born-in-west-virginia-north-caroline-i-did-roam
de Joan Baez,
en el
magnetófono norteamericano del sacerdote con apellido
de demonio
travieso
salimos (pero no
saldremos
jamás)
al mundo
con
estropicios que nos incapacitaban para la vida,
pero
defendimos nuestra felicidad en el patio doble del colegio,
en los
quioscos de sus orillas,
en los
futbolines de la esquina gamberra marvá-
albacete,
en las
destartaladas tabernas, y en las cafeterías
pijas,
que lo
rodeaban,
en los tebeos márvel,
en el Astoria,
en el Price, en elcinejerusalén,
en las
partidas de un póquer cursi
y sentimental