Es
lavatorio gracioso, que te quita del pecado
primero,
el de la
demasiada curiosidad,
y procura
tu mansedumbre.
Vale la
“puerta
de los demás sacramentos”[1],
y te hace hijo de un cristo católico y
franquista, criatura
de su Iglesia,
sujetándote a su Ley.
Quisieron
que fuera en la Pila muy milagrera
de San Vicente Ferrer,
máquina
profiláctica
que estorbaría mi muerte accidental.
Yo
recibía, con aquellas aguas que no eran
de
socorro,
sino
administradas con mucha ceremonia
y
solemnidad,
el nombre
divino
de
Manuel,
el mismo
de mi nuevo
señor
(pero era
para que repitiese
el de papá).
mitíamaría
pone los ojos bobos,
beatos,
en el cielo barroco de la capilla,
mi
padrino, manolorrobredo, recela, me parece, algo, ¿no?
Hay
teatro de curas y monaguillos,
y el
sacerdote me eleva, dándome
a su
Dios.
Detrás,
algo distrae, y divierte, a dos mujeres que serían
de mi
corro,
y que no
recuerdo.
Yo
parezco, metido en mi ropón de bautismo,
fantástica
pupa
sin sexo,
un
insecto
extrañísimo
y
perplejo.

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