Sir James Matthew Barrie,
que hizo a Peter Pan,
que fue (que no pudo ser) el chico maravilloso,
entendió que, “para un niño,
la cosa más
rara,
y el libro
ilustrado más rico,
es el hecho de
que su madre fuese,
también,
niña
érase una vez”.
Pues yo,
últimamente,
he hecho un
descubrimiento
gracioso.
Mamá,
de pequeña
(tenía ¿siete,
ocho, nueve años?),
fue ¡pastora
de patos!
La chiquilla
recogía su manada en el corral,
llamando a los
paticos con voces que ha olvidado,
guiándolos con
su vara de zagala,
atravesaba con
ellos toda la casa,
salía por el
portón delantero,
bajaba por una
calleja al barranco de Alborache,
los apacentaba
(les gustaba
sobre todo picotear caracoletas),
dejaba que se
bañaran en las charcas,
los juntaba al
rato, algo aburrida,
y los devolvía
a la pobre habitación
que compartían
con el gorrino, los conejos y los pollos,
mimándolos para
el cuchillo que los acabaría.
Aquella nena,
de mamá oca,
delante de su
averío,
me parece
salida del dibujo antiguo
de algún cuento
de hadas,
pero fue
verdadera.
En los ojos azules
de su madre, Margaret Ogilvy,
Barrie veía “el
principio y el final de toda la literatura”.
Yo sólo he
construido para la mía
este corral de
palabras,
no es mucho,
no es tanto
(¡pero es que
el estupendo escocés fue muy maricón!).

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