Fuimos
(en el
principio)
monos
arborícolas,
siempre
nos íbamos, entonces, por las ramas,
bajábamos
poco
al suelo
(¡yuyu!).
Luego nos
hicimos
peatones,
y sólo buscábamos los árboles por sus
golosinas,
o para quitarnos de las fieras.
Queda,
de aquello,
un poso,
una querencia,
por eso,
de pequeños,
nos divierte treparlos,
hacernos habitación en ellos.
Una higuera,
frontera de Yalta,
fue mi apartamento
segundo,
comunal,
aquel verano del 72, o del 73.
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