quitando algunas
hanegadas secas
en el Oroque,
que saludaba un olivo cansado,
el abuelo había perdido todo,
la casa, las tierras mejores,
y quiso papá que mamá tuviera
sitio segunda vez
en Alborache
en el patio del chalet empezado
mandó que levantasen,
primero, un columpio
yo gasto el traje
y la gorra de un capitán
de barco
infantil, pijo,
que no pegan con el paisaje,
y unas botas pascueras
que calzaba orgulloso
pero esa chiquilla
morena
con zapatos de boba,
la niña de las trenzas
que se sujeta el pelo
con una cinta,
algo mayor que yo,
¿qué pudo?
abajo
me mira
(¿puede ser?) con curiosidad
traviesa
y divertida,
arriba, mientras Eva se columpia,
guardamos turno
y miramos con ojos melancólicos
el vacío, algo, supongo,
que quisimos y nunca fue
olvidé a esa nena
(¡y era
tan mona!),
pero sé que tuve noticia
entonces
del juego
de la botella,
y soñaría,
seguro,
que la alcahueta de cristal
nos arrimaba
hoy finjo
(es pasatiempo algo triste)
este otro primer
amor
con mi rústica vecinita

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